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Papá y Mamá

Hace un par de días compartía con unos amigos cómo nunca imaginé que la vida en casa y en familia podía ser tan linda. Este año también fue especial por eso. No fue perfecto, pero fue el mejor.

Mis papás son tal vez el milagro más espectacular que he presenciado. Caminando con mamá a la iglesia, hace dos semanas, se me salió decirle que estaba orgullosa de ella porque sé cuánto ha luchado por ceder y entregar día a día su voluntad, caracter, formas de vida, ideas, sentimientos y problemas a Dios. Es admirable. Hace años, cuando recién comencé a caminar en amistad con Dios me frustraba y me molestaba mucho. No quería estar en casa y siempre peleábamos. Poco a poco Él cambió mi forma de verla y pude amarla. Ahora es mi mamá amada, mi amiga y compañera. Y por lo que he visto y recibido, sé que es una maravilla que ella ahora busque a Dios como lo hace, en respuesta a lo que Dios ha hecho por ella. Antes no entendía lo que leía en su Biblia, ahora, después de estudiar juntos como familia y de manera persona, ella puede explicarla a otros.

Mi papá es otra historia, siempre fue mi heroe y mi complice y hoy lo sigue siendo, de manera más realista. Él hace lo que yo quisiera hacer, pero ya no me alcanza el tiempo ni las fuerzas. Ahora sirve a un grupo de migrantes cada sábado. Los alimenta, piensa en ellos, ora por ellos y lucha junto con otros porque nuestra iglesia local trabaje en amar al prójimo, que es extranjero.
Él ha leído la mayoría de los libros acomodados sobre el escritorio, sobre misión integral, evangelismo, doctrina cristiana, espiritualidad, etc... Tal vez no tiene la elocuencia de un universitario ni lucidez de un joven, pero es un hombre de casi siete decadas que ha dejado que Dios voltee su mundo de cabeza y me ha enseñado la dependencia en Dios en el día a día. También lo admiro.
Este año también ha sido especial por ellos. Los amo con todo el corazón y oro porque Dios preserve sus vidas por muchos años más. Nos hacen bien a muchos.

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