25 noviembre, 2013

Buenas Noticias en Los Juegos del Hambre*

Vi la segunda película de los Juegos del Hambre el sábado. Justo al salir del cine, Abdiel y yo comenzamos a platicar algunos temas que en apariencia nos sugiere la historia. No estoy segura que las películas o la novela misma se hayan escrito con esos temas al centro, por lo que comparto principalmente mis reacciones, sin el intento de imponer mis ideas a la novelista o el guionista de cine. Aquí va: Lo primero que observé fue la Esperanza, rodeada de resistencia y sacrificio. Percibí una crítica al sistema global: a la pobreza rampante, la injusticia social, el pan y circo de los medios de comunicación y la normalización de la violencia. Los paralelismos con la realidad sugieren a nuestra imaginación pensar sobre nuestros contextos. El tema del amor, aunque un tanto romántico e idealizado, también está presente; su fuerza para inspirar aparece como el motor de las rebeliones.

En la segunda película yo estaba más sensible al tema de la Resistencia y la Resiliencia del ser humano. La primera en las maneras que podemos hacer frente a los grandes monstruos que gobiernan el mundo bajo sistemas, gobiernos o corporaciones, y la segunda en la capacidad para reponernos del dolor y encontrar esperanza. Tenía presente las maneras que los cristianos en el primer siglo enfrentaron  al Imperio Romano a través de decisiones sencillas y cotidianas que fueron minando las bases mismas del Imperio fundado en la desigualdad del ser humano. Y pensaba también en lo que permitió la vida y el fortalecimiento de los seguidores de Jesús, pese a la condena que llevó a muchos y muchas a la Arena pública a morir como entretenimiento para el pueblo.


En el Nuevo Testamento no nos habla de cómo hacer una revolución y acabar con la opresión, pero la vida que ofrece, el amor que modela y la igualdad que declara, son siempre una afrenta para aquellos (aún si llevan el nombre de iglesia) que abusan de poder, se sirven del débil y mantienen en ignorancia a las mayorías. Me gusta cómo mucho de esto se comunica a través de relatos e historias en la vida de Jesús, se encarna en diferentes culturas y realidades en el libro de los Hechos y se desafía a comunidades e individuos a vivir en esta nueva vida con todas sus implicaciones familiares, políticas y sociales.

Vi en la película la relevancia de algunos de éstos temas y me animó pensar que aún si es tan sólo una historia novelesca, ésta nos ofrece una posibilidad de redención. Incluso nos apunta al amor y el sacrificio como vías para la salvación. La gente no es perfecta, pero son capaces de algo bueno. Sin embargo, al salir de la película con un “buen sabor de boca”, reconozco que su propuesta no es popular en la vida real. Podemos aplaudirlo en el cine y ser fascinados por su posibilidad, pero en lo cotidiano nuestro mundo ni lo elogía ni lo imita. No nos gusta la idea de ser siervos, de amar hasta darlo todo, de sufrir por no acomodarnos al status quo o que otros piensen que somos unos tontos porque no corremos como locos buscando sacar provecho de “todo lo que nos ofrece la vida”. 

¿Por qué nos sentimos fascinados por estos valores, pero no los vivimos? ¿Dónde está el problema? ¿Por qué aún si reconocemos que el amor, la igualdad, la integridad, la humildad y el servicio son revolucionarios no lo practicamos en nuestro contexto inmediato: con la familia, los vecinos, u otros que nos molestan o lastiman? 


*Algunas aclaraciones: En este escrito no pretendo un análisis de cine ni una crítica elaborada de su argumento. De hecho, no he leído las novelas, y estoy refiriéndome específicamente a las dos películas que han producido para el cine

16 noviembre, 2013

De ser "justificados" a ser "habitados" por Dios*

Las clases que tomé la semana pasada sobre Gálatas y Romanos se centraron mucho en el tema de la “justificación”, la ley de Dios, la gracia y la vida en el Espíritu. Esto es porque estas 2 cartas escritas por el apóstol Pablo tocan estos temas, en respuestas a los conflictos de las primeras comunidades cristianas. He escuchado decir que el corazón de la teología paulina se centra en la justificación de Dios por medio de Jesús, y leyendo estas cartas, es fácil estar de acuerdo. No obstante, hay otro tema que mi profesor ha remarcado y que encuentro con mayor insistencia e importancia con Pablo: la vida en el Espíritu. De hecho, todas las cartas, casi al final, proveen un elemento ético que no está centrado en reglas, sino en una vida gobernada por la Vida misma de Dios en la vida del creyente.

Creo que antes no hubiera podido explicar tan bien la relación con el cómo vivir y la vigencia o no-vigencia de las leyes dadas por Dios en el Antiguo Testamento. Pero ahora tiene más sentido, ante la gracia de Dios en Jesús, reconocemos que somos justificados (cosa que la ley no podía hacer), es decir estamos en correcta relación con Dios, ya no somos sus enemigos, sino sus amigos. El concepto de sólo pensar que Dios nos perdona se queda corto, por medio de Jesús entramos en relación con Dios, y todo cambia. Pablo y otros judíos podrían obedecer toda la ley, pero su relación con Dios nunca dependió de eso, sino de un Dios que constantemente se dispuso a amar, perdonar y hasta pagar por el precio de una plena reconciliación.   La ley ya no tiene validez y ha sido superada por Jesús.

Muchos de ésos conceptos podrán parecer muy técnicos o teológicos…Creo que para entenderlos y explicarlos deben experimentarse primero. Podemos explicar la justificación por la fe, e invitar a la gente al sacramento que firma este tipo de creencias, sin embargo, la vida en el Espíritu no tiene ley que se le oponga y la seguridad de su promesa es Dios mismo habitando en el seguidor/a de Jesús. Resulta también, que según Pablo, creer en Jesús no sólo transforma la vida sino también revierte estructuras, porque cambia la manera en que entendemos todas las relaciones humanas. Al extremo de llamar un esclavo fugitivo y enviarlo de regreso a su amo, con la esperanza de que será recibido como un miembro más de la familia. Esto como resultado de la vida de Dios en una comunidad.


Ahora me parece muy interesante que los cristianos queramos imponer o agregar reglas y formatos a la salvación de las personas. O consideremos que la vida cristiana consiste en prácticas externas y tradiciones humanas. Que pensemos que si alguien no está yendo a la iglesia o no ha participado de ciertos sacramentos no puede ser cristiana. La evidencia de nuestra fe está en el Espíritu de Jesús que habita en nosotros. En una vida que refleja el carácter de Jesús: manso, humilde, amoroso, inclusivo y paciente con todos, en especial los marginados. ¿Por qué pensamos que ser poderoso, exitoso o autosuficiente es señal del poder de Dios? ¿Dónde dejamos al Mesías crucificado que deja claro el costo de seguirle? ¿Será que su mismo Espíritu que habita en el creyente nos llevará a negar con nuestros actos los valores mismos de su Reino? 

*creo en la "justificación por la fe" que tenemos por medio de Jesus, pero también creo que el corazón de la teologia paulina no se reduce a ésto y la constante invitación es a vivir en el Espíritu, es decir, a vivir como Jesús. Esto es sólo posible porque la "justificación" permite una vida diferente, la vida de Dios en el ser humano. 

08 noviembre, 2013

El valor que tod@s poseemos

Una mejor comprensión de la Biblia y su Dios me ayudan a entender mejor la dignidad e igualdad que todo ser humano posee. La realidad social, la iglesia y muchas veces la familia tampoco reflejan esta verdad. Los niños no son escuchados ante su corta edad y limitaciones, a las personas con discapacidades se les considera menos por su incapacidad de producir algo, las mujeres son “inferiores” a los hombres y se justifica bajo preceptos religiosos.  Los pobres, extranjeros o indígenas son abusados y explotados porque no tienen las mismas oportunidades y se les juzga según el más fuerte. ¡Qué opresora es esta realidad para muchos y muchas!

Con una mirada atenta a mi ciudad caigo en cuenta del pecado que mata al prójimo al no relacionarnos con dignidad y menos, con amor. Los niños son tratados con dureza y poca consideración, los discapacitados son abandonados y vistos como una carga social, las mujeres son un objeto sexual para el placer y sirven a las necesidades del varón. Los pobres, extranjeros e indígenas son marginados, invisibilizados y explotados por los poderosos. Una realidad dolorosa.


¿Qué buena noticia ofrece el Evangelio de Jesús para todos estos oprimidos y explotados? ¿Por qué creo que el Evangelio no es un discurso religioso sino un mensaje que todos y todas deben escuchar? ¿Qué me mueve a entregarlo todo para que otros puedan comprender y palpar la relevancia de un carpintero que vivió hace 2000 años? Algo sucedió cuando Jesús anduvo entre nosotros.  Tal vez su mensaje ha sido opacado por slogans religiosos que ofrecen escapes de la realidad a un cielo inmaterial, prosperidad económica sin considerar el hambre de multitudes o una vida sin problemas que no se identifica con el dolor. Pero lo que Él hizo en la historia humana no tiene paralelo. La experiencia de quienes le conocieron en vida (o después de ella) es evidencia de una realidad transformadora que trastocó los símbolos de una cultura y sus efectos han transformado al mundo.

Por Jesús tenemos acceso y conocemos al Dios que nos creó a todos con dignidad e igual valor y ante Su cruz estamos en terreno nivelado. ¡Suena a locura si lo pienso a ligera! Pero mi experiencia también fue afectada por el encuentro con el carpintero de Nazaret. Ahora creo en un Dios que no solo creó al ser humano, sino que se encarnó para que le conociéramos y se puso a nuestro nivel. Nos mostró su amor al morir por nosotros, sometiéndose a sus propias reglas del juego, para revelar una historia  donde su amor es constante, su justicia es perfecta y su restauración es segura.


¿Cómo vivir ahora? Nadie puede creer que es más por su estatus social, sexo, nacionalidad, poder, edad, inteligencia o experiencia. Ir a la universidad no me hace mejor, ser mujer no me quita valor, el pobre tiene dignidad, tener credenciales de primer mundo no es razón para el orgullo…  Tal vez los mejores reflejos de esta verdad en mi vida serán la esperanza compartida con quienes sufren, el sufrimiento por no ceder a las estructuras, mi arrepentimiento constante ante las veces que falle y  la resistencia ante un sistema que se resiste a la vida


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