27 septiembre, 2008

Leyendo Marcos 1:35-45 y recordando algunas palabras de Nouwen en El Camino del Corazón

Siempre hay muchas necesidades: familiares, personales, económicas, sociales, físicas, emocionales, espirituales, intelectuales…algunas afectan más que otras, algunas ejercen más presión y causan mayores efectos en nosotros.

Al principio del evangelio de Marcos, se nos narra como Jesús inicia su ministerio. Él se nos presenta como el Hijo de Dios, más tarde es bautizado, elige a sus primeros discípulos, expulsa demonios y sana enfermos. La gente se empieza a preguntar sobre su identidad, al parecer sólo los demonios le reconocían como el “Santo de Dios”. Pero la gente acudía a él en multitudes, todos con sus propias necesidades, muchos querían conocerle tan sólo por lo que él les podía solucionar, sus intereses eran mezquinos, resolver sus propias situaciones. Muchas veces así nos acercamos a Jesús, queriendo tan solo que nuestras necesidades se resuelvan y que nuestros temores e incertidumbres se disipen. Y bueno, Jesús no los manda lejos, él les responde, les toca, les sana, expulsa demonios y revela su gloria en medio de las multitudes necesitadas y también en la intimidad de los hogares, como el de Pedro.

Cuando llegamos al verso 35, nos narra que Jesús “se levanta”, “sale” y “se va”, muy de mañana a un lugar solitario a orar. Es decir, él toma acciones concretas para tener una oportunidad y encontrarse en intimidad y soledad con el Padre. ¿Por qué tendría Jesús que apartar estos tiempos? Pienso en dos cosas: una es que nos deja un hermoso ejemplo a nosotros y la otra es que considero que estos momentos eran necesariamente fundamentales para que Jesús entrara en contacto con su verdadera esencia, con su propia naturaleza divina y aún cuando el Padre estaba con él, él pudiera estar consciente de ello, lo necesitaba. Realmente mis palabras no pueden describir este misterio, pero algo intento. No sabemos que hablaba Jesús con el Padre, pero la Palabra nos dice que todo lo que Jesús hacía y decía era lo que había visto y oído del Padre. Era una intimidad total, tiempos especiales, tal vez Jesús le contaba de lo que sucedía en el mundo y cómo estaba él en medio de todo esto, y seguramente después pedía la voluntad total de Dios, y escuchaba. No lo sabemos, pero si reconocemos lo básico que es para la vida cristiana tener tiempos a solas con Dios, tiempos en los que apartamos nuestras vidas, y en medio de la agenda abrimos el espacio para un encuentro con Dios, aún después de haber visto tanto y haber hecho tanto, como Jesús en ese contexto.

Sus discípulos lo buscaban, y le dicen “todo el mundo te busca”, e imagino la tentación que habría de significar, saber que eres necesitado, que “el mundo” requiere de tu presencia y de tu accionar. Pero Jesús tenía muy claro su papel, tenía muy clara su misión, y la razón por la cual estaba entre los hombres, como uno de ellos. Él venía a enseñar, a enseñar el reino de Dios a los hombres, a decirles: “El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” Jesús mismo era las buenas nuevas, con él se inauguraba el reino de Dios, ese que consiste en poder, el reino que está ya entre nosotros pero no que habrá de establecerse plenamente si no hasta que él regrese. Vivimos en la realidad de ese reino por Jesús mismo, y este avanza aún sin que nosotros nos percatemos, hay realidad mayores y otras más pequeñas, pero hay señales del reino donde quiera que veamos, podemos en la fe, reconocer que Dios está presente y actuando en nuestro mundo, siempre, aún cuando las cosas parezcan fuera de control. No es un mero discurso ordenador del mundo, que pretende darle sentido, es la Verdad, y en este mundo tan tolerante, la Verdad suena como una arrogancia.

Y Jesús recorrió toda Galilea anunciando las buenas nuevas y expulsando demonios, es decir, hablando y demostrando su poder real. Jesús enseñaba como quien tiene autoridad, claro está que era el mismo Dios hecho carne, pero aún así sus palabras iban a acompañadas de hechos, no eran vacías ni estaban saqueadas de valor por una vida inconsistente con sus dichos.

Y después viene uno de mis pasajes favoritos de este evangelio, posterior al relato de Jesús a solas con Dios. Un leproso se le acerca y le pide que si quiere, puede sanarlo. Jesús no le dice si puede, eso no está en duda, la pregunta apela a la voluntad de Jesús. La lepra era vista como un castigo divino, y Jesús venía con poder de Dios, aquel hombre muy seguramente dudaba de la voluntad de Dios para sanarle, podemos pensar que ya se lo había pedido. Y se lo dice a Jesús, y Jesús no solamente lo sana, sino que lo toca. ¿Por qué tocar a un leproso? ¡Es una verdadera locura! Bueno, Jesús no parece tan cuerdo en los evangelios, y movido a compasión, lo toca para sanarlo. No solamente le proveyó la sanidad física, le permitió ver su amor, su aceptación, su preocupación y le animó a incorporarse nuevamente a la sociedad y a su familia, de la cual había sido marginado. Jesús hizo una obra integral en su vida y aquel hombre no pudo quedarse callado después de este milagro que transformó su vida, aún cuando Jesús le pidió que no hablara, pero cómo no hacerlo.

El ministerio de Jesús no era uno impulsivo, que buscaba responder a todas las necesidades, era compasivo y acorde a la voluntad de Dios, la cual era clara para él porque guardaba una intima relación con el Padre. Y claro que a Jesús le dolía la necesidad de la gente, los perdidos en medio de las multitudes, el dolor de la enfermedad y el pecado. Pero sabía que sí él no hacía la voluntad del Padre, todos estaríamos hoy perdidos y sin razón de vida y en vaciedad. Él nos liberó del pecado y de la muerte y hoy gozamos de vida verdadera en este mundo y en el que viene, por su amor, su sacrificio, su obediencia, su entrega y su sufrimiento. Porque el ocupó nuestro lugar en la cruz y su sangre hoy nos limpia de todo pecado.

Es mi oración, que mi ministerio también sea uno compasivo, uno que resulte no de los impulsos de mi activismo ante la necesidad del mundo, sino que realmente surja de un corazón cercano al Padre, que sabe que debe hacer y decir porque lo ha escuchado del mismo Dios. Un ministerio que nace y bendice a otros porque cada vez mi vida es transformada a la imagen del Hijo.

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