26 noviembre, 2012

Y Dios habitó en nuestro dolor...hizo su morada entre nosotros.


Hay días en que estoy más sensible que otros. Esta última semana ha sido así. Entre el dolor físico, el dolor profundo del corazón, las heridas del pasado y otros dolores de quienes amo, ha sido difícil "soportarlo".



Creo que en la vida he sufrido poco, no he visto lo que otros han visto o sentido el dolor tan profundo como otros, pero me duele también. Y no logro entender cómo es que Dios habita en el dolor humano, por qué ha decidido hacer allí  su morada y cómo lo soporta... Sin embargo, sino fuera así, creo que no podría creer en Dios, creo que no sería relevante para mi vida, ni para la de muchos.

No me gusta que duela, y sin embargo, este año muchas cosas han dolido. Mucho no lo entiendo, y otras que tal vez nunca las comprenda. Y no quiero huir del dolor de la vida, no creo que deba, no creo que se pueda vivir en este mundo sin dolor. Entre más crezco, entre más "adulta" soy, más me duele ver el mundo, más me cuesta soñar, y más me aferro a no perder las ilusiones. El Dios que conocí a mis quince años me encontró como adolescente y nunca pensé que caminariamos por dónde hemos andado. Sin embargo, a mis 25 necesito seguir conociendo a Dios, ese que camina en el dolor del mundo y siente también de manera profunda. Ese que no me deja ser insensible, que me enseña compasión, humildad y amor.

Y Dios va quitando mi miedo al dolor, porque por más fuerte e inesperado que llegue el dolor, no me puede separar de Dios, nada lo hará jamás. Y porque si temo al dolor, temo a vivir, y Dios de eso también me  libera, para vivir...De esto también está hecha la vida.

Me duelen las marcas del pecado y la lejanía de Dios, aún me duele ver sueños frustrados, miradas perdidas, otros que sufren en silencio sin saber que Dios sí los conoce y me duelen muchas que fueron profúndamente lastimadas. Me duele el abuso de poder, el de otros y el mío; me duele mi país, la guerra, el sufrimiento que nos provocamos y el no poder ver a Dios en las tragedías siempre. Pero sino me doliera, no podrías sentir el consuelo. No entendería el amor de Dios que está dispuesto a llegar hasta lo más profundo de nuestros sufrimientos.


Me duele mi corazón que no puede amar, que a veces no quiere seguir, que separa, juzga, segrega, clasifica, discrimina e ignora. Me duele a veces mi incapacidad para mejorarme, para estar bien, para ayudar a otros. Me duele mi humanidad, pero allí también Dios me encuentra y sé que tengo limitaciones, muchas. Voy aprendiendo a vivir, voy comprendiendo un poco, aprendiendo de Aquél que es humilde de corazón. Su Presencia en este mundo me recuerda que Dios enjugará toda lágrima, que en los cielos nuevos y en la tierra nueva no habrá más dolor ni muerte. Y eso me sostiene, me invitar a seguir, me mueve a continuar en la esperanza, a no huir, a vivir.

...Y descubro también lo lindo, porque no todo es dolor. También hay risas, alegrías profundas, sueños que se cumplen, amores que permanecen, heridas que sanan. Encuentros, amor, reconciliación, perdón, paz. Aún en este mundo desquebrajado y en las ruinas de nuestra humanidad, hay destellos de Su gloria, ese que se experimentó también en dolor, pero triunfó. Porque ni el dolor, ni la muerte, ni el pecado, ni el sufrimiento se han quedado con la última palabra. 









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