23 junio, 2015

"Dios y una mujer hacemos mayoría"

Josephine Butler  
  
     Estudiar historia en la universidad me hizo muy escéptica a las historias nacionales y me enseñó a sospechar de lo que se dice, a leer en contexto y entender mejor los diálogos emprendidos en el pasado entre libros, acontecimiento y autores. Aprendí sobre la desilusión histórica ante las guerras del siglo pasado y en mi propia participación política y la experiencia de corrupción nacional, mi optimismo y esperanza menguaron.  Es complejo porque desde pequeña me cautivaron los dramas con finales inspiradores y alimentaron mis sueños y la esperanza, sin embargo la historia humana pocas veces narra historias de redención y belleza.  Ahora estoy segura que existen muchas en el tejido de la Gran Historia, sí existen y en estos últimos días me he topado con una que alimenta mi esperanza como cristiana, como mujer, como activista, esposa, mística, predicadora y profetisa.


     Josephine Butler es una mujer extraordinaria. La tesis de mi trabajo final para la materia de historia cultural del siglo XIX en Inglaterra es que la identidad política y social de esta mujer es mejor comprendida cuando observamos su compromiso evangélico y sus ideas sobre Dios. ¡Es fascinante y es ejemplar que su identidad esté tan marcada por sus convicciones que su manera de vivir en sociedad y actuar políticamente sea inseparable de su fe y compromiso cristiano! Esta pequeña publicación no me da para contar su historia completa, pero al menos puedo decir lo que me inspira.
     
     Es una mujer nacida en un contexto machista, justificado religiosamente de esa manera y en una sociedad de doble-moral  donde las mujeres más vulnerables no tenían acceso a protección ante la explotación, ambición y uso sexual de los hombres. Su causa y su persona no son muy recordadas, al menos no tanto como la enfermera Florence Nightingale, porque Josephine tuvo como causa principal la defensa de los derechos de las prostitutas.  Su feminismo fue resultado su fe y de ver en Cristo al libertador de los oprimidos, de los pobres y de las mujeres. También apoyó el derecho de la mujer a la educación y al voto, por lo que ahora casi todos la reconocen como una feminista en todo el sentido de la palabra, pero para algunas marxistas su fe resulta completamente desaprobatoria y les cuesta trabajo entenderla a ella, a su esposo y su vida de perseverancia.

   
 Ella me ha hecho pensar muchas cosas, me ha invitado a regresar a la Palabra y la oración. Esas fueron sus fuentes de vida y de crítica social; Dios fue su compañero constante y en él encontró al Padre y la Madre que la sociedad y la política necesitaban. Defendió la particularidad de ser ella, porque en Dios mismo habitan esas características. Al leerla me desafía a ser mujer y actuar como tal en el liderazgo, la pastoral y en el uso de mi voz; me estimula a encontrarme en el Dios que no es de sexo masculino y que no los favorece a ellos. Su perspectiva social con la mirada puesta en el Reino me anima a seguir leyendo mi ciudad, mi país y el mundo. Pareciera que los sueños para compartir vida, dignidad y trabajo a los deportados crecen dentro de mí y decrece mi resistencia en pensar que esos esfuerzos por articular palabras de denuncia a mis hermanos y hermanas en el Imperio serán infructuosos.  Me inspira a seguir integrando el asombro y buscando la belleza en nuestra cotidianidad y en la fe vivida con mi esposo, los estudiantes y mis amigas que muchos y muchas deciden ignorar…


    Faltan seres humanos que no se conformen en un cristianismo que ignora o se refugia del mundo y que cree en un dios pequeñito sin nada qué decir de la crisis económica, política, social o ecológica, o de un dios tribal que carece de palabras para denunciar a los imperios de la tierra.  Esta mujer dijo con razón que “Dios y una mujer hacemos mayoría” y usó sus recursos en la lucha por la dignidad de las mujeres. Sus palabras me hacen eco cuando llaman a la responsabilidad moral y social en defensa de todos y en especial de los más vulnerables, y cuando pone el ejemplo y lleva a la misma casa que habitaron sus hijos y su esposo a decenas de mujeres en situación de calle para ser amadas y tratadas en igual dignidad. No ignoro que vivo en una sociedad corporativista donde la ciudadanía es casi inexistente y donde todos esperan que “alguien haga algo”, por eso creo que la conciencia personal se despierta y la responsabilidad social se debe asumir como consecuencia fundamental de ser discípulx de Jesús. Además, el llamado profético/de denuncia y esperanza debe incitarnos a considerar los caminos de Jesús y el de los profetas de Dios, a recorrer los caminos de polvo y sufrimiento de quienes colaboran con Su misión reconociendo que en sus sendas se vive y construye la reconciliación de todas las cosas con Él, se celebra Su Reino y la Vida.   

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