18 febrero, 2010

Conversaciones con sentido

Hoy tuve el privilegio de sentarme a comer una nieve con un estudiante. Entre pláticas, el estudio y las risas pudimos intercambiar ideas y motivos de gratitud. Mientras lo escuchaba me di cuenta como para él era tan claro en su vida reconocer que TODO lo que tiene no es suyo. Pero creo que esa realidad debe ser sólo para él, sino para todos. ¿Qué pasa si vemos los recursos como gracia, a las personas como regalos de Dios, al dinero como un medio para bendecir y a las oportunidades de reconocimiento y disfrute como providencia de un Dios bueno? Todo cambia.

Su humildad y su gratitud me hicieron pensar en la forma que hoy vemos al mundo. Cómo arrebatamos para alcanzar lo que otros tienen o competimos para llegar antes. Pero desde la óptica de este estudiante, todo se ve como algo que no merecemos y Dios nos lo da, no queda lugar para la exigencia. Al escucharlo pensé que muchos de nosotros debemos ser recordados una y otra vez que en medio de nuestra necesidad y carencia Dios se complace en suplirnos de todo lo necesario. Y que en la humildad y sencillez podemos descubrir al Dios que junto con Cristo nos bendice con toda bendición espiritual. Si entregó a su hijo, ¿cómo no nos dará junto con él todas las cosas? (Ro. 8:32).

Al final, nuestras carencias más latentes no son las materiales, sino las del corazón. Dios, en Cristo, nos da paz, gracia, amor, perdón, salvación...Cuando nuestros ojos se fijan en esto, lo demás se matiza. Si recibimos de Dios, entonces podemos dar lo de Dios, al que necesita, al que sufre, al que llora, al que padece soledad, hambre o frío.

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