18 febrero, 2010

La misión de Dios: "lo GRANDE y lo pequeño"

En los últimos meses me ha tocado pensar a la misión de Dios y las formas en que esta se vive.Personalmente, creo que a nuestra generación le ha tocado ver los viejos paradigmas para hacer misión, trabajarlos y eventualmente quedarse con ellos porque "no hay más" o deshecharlos ante la clara evidencia de que "eso ya no funciona". Lo que acá comparto de ninguna manera descubre el hilo negro del asunto, y muchos ya han hablando de los nuevos paradigmas para la misión que debemos considerar. Creo que el evangelio nunca "pasará de moda", pero sí creo en la responsabilidad de cada generación de hacer al evangelio un mensaje pertinente para su mundo.

También creo que al hablar de la misión, tenemos la certeza de que esta "empresa" es creación e ingenio del Dios de la vida. Por esta razón, sus formas, sus manejos, sus paradigmas nunca son totales. Nunca hay una sola forma para trabajar, una sola manera para llegar. La obra se hace en total dependencia de Dios, en vulnerabilidad, en confianza y siempre en respuesta al que todo ha dispuesto de antemano. La misión es también creativa y nos involucra totalmente e integralmente. Mi respuesta al Dios de la misión, es una respuesta con todo el ser. Pide lo que pienso, soy, hago, aprendo y lucho. La misión no la hacen nuestros programas evangelísticos, ni los folletos, ni las obras de teatro. La hacemos personas con defectos, preguntas, dolor, gozos, sueños; gente transformada, confrontada y redimida.

La misión tampoco es una empresa individual. ¡Ni siquiera nuestro Dios actúa indivualmente! En la obra de redención, vemos el Padre, al Hijo y al Espíritu Santo actuando en conjunto y así Dios usa también comunidades de creyentes. De gente dispersa, de personas reunidas con propósitos definidos, con historias que a sólo Dios se le ocurre tejer. La misión de Dios tiene alcance mundial, es grandiosa, sublime y con el poder para dejarnos maravillados de Aquél que así lo pensó. Pero hay una dimensión de la misión que es sencilla, no requiere manuales, inspira a los novatos y se hace con toda la vida.

La misión grandiosa de Dios usa agentes imperfectos, su misión depende de él y le place invitarnos a la colaborar. Su misión, vista en lo cotidiano tiene más que ver con la forma en que tratas a papá, mamá, a los amigos, los maestros y los compañeros, con las caminatas por tu ciudad, con el noticiero de la noche y con la música que escuchan en tu universidad. La misión no son las agencias, ni los mapas, ni los viajes, ni la comida extraña o la pobreza extrema solamente. La misión de Dios es su llamado a sumarnos a lo que él ya está haciendo, en tu familia, tu escuela, tu ciudad, con tus compas. La misión de Dios tiene todo que ver con Él, todo lo que eres tiene que ver con Él, todo lo que sucede tiene que ver con Él, todo lo que decidas tendrá que ver con Él, lo que estudies o cómo respondes al sufrimiento, la necesidad, el dolor, la felicidad o la abundancia.

Hoy recordé que los primeros enviados a la misión de Dios estaban en el proceso mismo de conocer a Jesús, de saber cómo era. Tomaron riesgos, lo siguieron sin pensarla demasiado, pero también hicieron preguntas, les tocaron los regaños del maestro y aprendieron de Él. Hoy tenemos la seguridad de que su Palabra nos dice cómo es, lo que ha hecho, está haciendo y de aquello que somos parte. La misión nace de las Palabras de Dios, con las que creó, sustenta y las presentadas en Jesús, quien fuese el Verbo de Dios encarnado. La misión es GRANDE, pero también pequeña. En lo sencillo de la amistad entre dos personas, lo que Dios ha hecho puede compartirse...

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