05 febrero, 2010

Esperanza en un mundo que ya no “espera”

En días anteriores revisé un escrito de Vinoth Ramachandra sobre Newbigin (misionero y misionologo) y escuché una conferencia del Dr. Guillermo Zermeño (historiógrafo mexicano). Estos dos eventos, junto con el estudio de las cartas de Efesios y 1ra de Pedro, escritas por Pablo y Pedro-en el primer siglo- respectivamente, me han hecho pensar la esperanza.


Y es que para la gente este puede ser un concepto muy abstracto, utópico, un recurso ante la miseria y el sinsentido. Pero la esperanza del cristiano es real y diferente a la que el mundo aún logra aferrarse. Pedro nos dice que está viva. Ésta se hace presente por medio de Jesús, y es la confianza de que Dios, como el soberano de la historia llevará a cabo su propósito determinado desde antes que el mundo fuera.


La esperanza de la que habla la Biblia en la carta de Pedro no puede experimentarse por todos. Pedro nos dice que renacemos para tener esperanza(1:3); sólo los hijos de Dios -quienes él mismo engendra por la fe- pueden confiar plenamente en el porvenir, pero también deben vivir de acuerdo a ella. La esperanza tiene implicaciones éticas; exige una vida diferente, que no se amolda al mundo ni a los intereses egoístas y llama a la santidad y a la vida (1:13-20). Por eso es necesario nacer de nuevo, así como Jesús le diría a Nicodemo en el evangelio de Juan. La esperanza es en Dios y su gracia, no en el futuro en sí; es una esperanza posible sólo por medio de Cristo (1:21).


Por otro lado, en la carta a los Efesios existe un contraste entre vivir sin esperanza y conocer la esperanza a la que hemos sido llamados por Dios. Pablo les dice a los de Éfeso, que antes vivian sin esperanza y sin Dios en el mundo, vivían alienados, sin miras a un porvenir, sin razón trascendente y sumidos en sus propios deseos egoístas, según la dirección de sus intereses. (2:11-13). La esperanza en el contexto de Efesios no resulta poca cosa, pues conocer que hemos sido llamados a ella es reconocer el "misterio" que ahora ha sido revelado: "Dios está reuniendo -sintetizando- todas las cosas en Cristo." (1:9-10) Al final, todo regreserá a su propósito original, y será evidente que Cristo es la cabeza de todo.


Y bueno,la generación a la que pertenezco, así como las venideras, no logran mirar al futuro sin escepticismo. El futuro vislumbrado durante los siglos XVIII y XIX ya pasó. Todo se reduce al presente; el pasado ya no genera identidad y la historia no responde al hoy.Se escribe en respuesta a proyectos políticos, y el ser humano busca y busca sin poder satisfacer sus preguntas, sin encontrar razón a la vida. Pero no la encontrará en la historia, ésta misma existe bajo paradigmas que hoy se encuentran en crísis...Ayer el Dr. Zermeño nos decía que el futuro no es resultado del pasado; el futuro puede ser diferente, así como el futuro del pasado lo ha sido. No existe continuidad entre ellos. Su propuesta es que ahora debemos retratar a la vida con todo y sus contigencias, ver las discontinuidades, hablar la realidad; devolverle la memoria a las sociedades. Suena coherente, pero eso no devuelve la esperanza que el proyecto moderno y "su progreso" nos dibujaron.


...Con cuanta razón escribió Qohelet sobre la vanidad de la vida, esa cualidad que tiene de ser tan volátil y contingente.


Vinoth Ramachandra, al contar sobre la vida de Newbigin nos dice que él, al regresar de la India a Inglaterra se topó con un mundo occidental que perdió la esperanza. Y basta mirar a nuestro alrededor para ver como la desilusión nos define. Mi pregunta se hace más imperiosa: ¿Cómo puede un cristiano del s. XXI proclamar esperanza en el futuro -por gracia de Dios-si ahora sólo se vive en el presente? El cristianismo tiene una dimensión histórica en su esencia, Dios decidió manifestar su propósito en el tiempo humano y revelarse en nuestro espacio. Él se ha dado a conocer y su esperanza nos invita a mirar al pasado y al futuro. Su esperanza no es un antídoto para el dolor, ni escape de la realidad. Nos ubica bien en su realidad creada, nos provee de sentido, nos da propósito y un porvenir.


Al reconocer las buenas nuevas de Jesús, reconocemos que somos peregrinos en el mundo. La esperanza conocida por nosotros, que también debemos enarbolar, nos hace extranjeros, nos hace dolernos ante el mundo de hoy. Pero nos invita a caminar, nos exige vivir en la tensión del Reino que ya está presente, nos lleva a vivir en las buenas obras que de antemano Dios dispuso.

Tal vez hoy sé mejor porque el blog se llama así: "Relatos de esperanza". Pequeñas historias que nos permitan reconocer a Dios, articular lo que conozco de Dios, apuntar a Dios y preguntarle...

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