04 marzo, 2010

Palabras a mi generación*

Honorables miembros del presídium, directivos y maestros. Queridos padres de familia, amigos y compañeros, es un privilegio dirigirme a ustedes en este día, en representación de la generación que hoy, antes sus ojos, tiene la oportunidad de culminar sus estudios de licenciatura. Antes de comenzar, agradezco a Diana y a Pamela quienes leyeron e hicieron sugerencias puntuales sobre estas palabras; espero representarles bien con esto que hoy pronuncio ante ustedes.


Creo que podríamos decir muchas cosas y tomar la oportunidad de recordar infinidad de anécdotas vividas los últimos 4 años o 5 como universitarios, especialmente en nuestra Escuela de Humanidades, hoy Facultad. Pero creo que también es un buen espacio para reflexionar los logros, así como se nos ha enseñado a pensar la vida. Como bien sabemos, los seres humanos somos productos sociales y la capacidad dada para reflexionar sobre el lugar desde el cual vemos al mundo es una capacidad única. Nuestra formación la marcan la gente que nos rodea: los buenos y malos ejemplos, el espacio en el cual nos desarrollamos, las ideas que se nos imponen o se nos invitan a reflexionar, así como las lecturas de las cuales nos apropiamos y nos ofrecen miradas al mundo que transforman el propio.


La formación que recibimos en Humanidades tiene esa universalidad que la universidad misma ha perdido. Se nos enseña a ver al “otro”, no como a un extraño que defino bajo mis conceptos; el “otro” deja serlo cuando ya no le impongo mis razones, sino dejo que él se defina a sí mismo. Tal vez suene complejo, pero en la vida cotidiana se experimenta cuando dejamos que ese otro, diferente a mi, nos cuente su historia, cuando hacemos cortometrajes para comprender realidades alternas, cuando escribimos para construir la memoria o cuando buscamos alternativas para los escenarios que rayan en la miseria, el abandono o el olvido.


En humanidades no nos importa que traes puesto, por eso los papás de varios que nos graduamos el día de hoy aún se frustran al saber que nuestra licenciatura no nos llevará a vestir formales de manera automática. Los valores son distintos, es más importante que un estudiante aprenda a decir lo qué piensa, porque lo piensa, a presentar argumentos, defenderlos y también a escuchar. A veces somos muy escépticos, otros nos ven medio “raros”, pero se nos enseña a cuestionarlo todo, a dudar lo que vemos en la tele, a preguntar sobre nuestras fuentes, a reflexionar nuestro lugar social y encontrar formas de dar a conocer lo que aprendemos. Sostengo que es un privilegio de pocos el terminar una licenciatura, pero aún más el formarnos en algo que no sólo pretende darnos de comer, sino que también busca entender al hombre y a la mujer, al mundo en el que vivimos y finalmente lo hace apostando por un mejor futuro para todos.


La mayoría entramos con grandes ideales, con las ganas de comernos al mundo y lograr muchas cosas. Y en estos años he visto que varios han logrado mucho, verdaderamente he presenciado el producto final de investigaciones, videos, de trabajos y escritos que nos dan tintes de esperanza. Se han forjado sueños, de los cuales me ha tocado ser parte junto con otros compañeros. Si bien nos hemos desilusionado del mundo, muchos también hemos encontrado esperanza. Y la invitación es a comprometernos hoy, con lo que hemos recibido, a no conformarnos con aquello que vemos, a transformar por medio de la justicia, la honestidad y la integridad aquél pedacito del que somos responsables. Somos invitados a actuar desde nuestras trincheras como maestros, futuros investigadores, productores, escritores, responsables de empresas, y también como integrantes de una familia y como amigos.


El día de hoy tenemos muchos motivos para celebrar, porque reconocemos a todas aquellas personas que han abonado para que estemos aquí, ellos forman parte de lo que somos hoy. Nuestros padres, familia, nuestros amigos o parejas. Los maestros que nos acompañaron en el camino, los que nos obligaron a pensar por nosotros mismos, los que desafiaron nuestros conceptos y aquellos que se alegraban por nuestro logros y hasta por nuestro sufrimiento, si eso nos llevaba a madurar. Gracias maestros que nos brindaron su amistad. Gracias a todos ustedes padres, hermanos y familia que se sacrificaron por nosotros, gracias por su amor mostrado en hechos y palabras, sin el cual no estaríamos aquí. Recordamos con tristeza aunque también con agradecimiento a aquellos que ya no están entre nosotros, compañeros, amigos o familiares. Gracias Priscilla por organizarnos para que todo esto saliera bien. Y agradezco también a Dios, quien nos dio la vida, quien sigue presente y trae esperanza.


Pero esto no termina aquí, el agradecimiento siempre debe tener consecuencias. Al salir de la universidad no tenemos la vida resuelta, el mundo es cada vez más incierto. Parece que nadie se pone de acuerdo y es difícil mirar con esperanza el futuro. La respuesta no está allá fuera, basta con mirar críticamente al asunto político, económico o ambiental para desesperarnos. Por eso debemos asumir nuestra responsabilidad por lo que anda mal y dejar de ser espectadores. Debemos cambiar el rumbo y dejar de pensar solo en nosotros mismos y nuestros intereses personales. Debemos ser inclusivos, pensar en los que menos tienen, recordar que ellos somos nosotros. Y tenemos razones para seguir caminando y buscando; junto con lo aprendido en las aulas, la experiencia universitaria nos deja amigos, sueños y pruebas superadas. De alguna manera, nuestro transitar por la universidad nos enseñó a muchos a “tomar la palabra” como diría Michel de Certeau, es decir, a usar los recursos disponibles para generar alternativas al presente. Yo encontré, entre mis maestros, compañeros, y los libros, a hombres y mujeres que sin empuñar las armas han transformado sus contextos y que pese a sus debilidades y limitaciones han revolucionado símbolos, prácticas, palabras y corazones. También aprendí que las humanidades nos ayudan a hacerle preguntas al mundo, a cuestionar sus moldes y sus paradigmas, que sí bien no nos dan la respuesta a la búsqueda, al menos nos hacen conscientes, críticos e inconformes.


Mi invitación en esta despedida, es que sigamos inconformes con lo que vemos, a que no nos cansemos de soñar, a que busquemos que otros también puedan alcanzar las oportunidades que nosotros hemos tenido, a que demos voz a quienes nadie escucha y que finalmente honremos a quienes nos han permitido llegar hasta este momento. Ser humildes nos permite reconocer esto y considerar que lo que somos se lo debemos a muchos, y así mismo debemos ver la vida y dar a otros.


La mejor celebración, no será la fiesta de hoy o mañana por la noche, sino lo que hagamos con nuestra vida al seguir caminando por ella. Para quienes crean que esto raya en lo utópico, me remito a las palabras de Ernesto Sábato, dirigidas a la gente de nuestra generación: “…En estos tiempos de triunfalismos falsos, la verdadera resistencia es la que combate por los valores que se consideran perdidos.” “Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.” Gracias.


*Discurso de despedida en mi acto académico, en representación de mi generación.

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