17 diciembre, 2013

Aprendiendo de la vida de Pablo

La paradoja de un hombre que en su momento fue una burla para el Imperio Romano por los valores que impulsó y fue asesinado bajo el emperador Nerón. “Hoy el Imperio romano no existe, Nerón se usa para nombrar mascotas, pero el ejemplo de Pablo perdura”. (paráfrasis de Rick Watts)

He aprendido que puedo acercarme al Nuevo Testamento de muchas maneras, en ocasiones, la más común puede ser para obtener información, para preparar algo de enseñanza sobre algún tema o como un recurso de aprendizaje teológico. No obstante, mucho de lo que encuentro en el Nuevo Testamento no fue escrito para ser leído como un tratado teológico, y en especial, las cartas de Pablo, son cartas que responden a necesidades y contextos específicos, que se insertan en la vida, complejidad, lucha y desórdenes de comunidades y personas del primer siglo. He aprendido de Pablo, y quiero compartir algunas cosas que resaltan de su persona, de lo que nos deja ver en sus escritos y de la manera en que su vida (junto a muchos que caminaron con él) trastornó los valores de su mundo. Pablo nos ayuda a entender las implicaciones del Evangelio para su momento histórico. Nos ayuda, juntos a otros escritores del Nuevo Testamento, a traducir el mensaje nacido en el seno del judaísmo para el mundo de entonces. Sus enseñanzas no se producen en un vacío, llevan un propósito y Pablo busca que otros las vivan y experimenten.

Pablo, antes de ser llamado por Jesús, tuvo una educación y posición privilegiada. Creció en Tarso, una ciudad con una educación comparable con la de Atenas y como judío entendía la coyuntura y disyuntiva de vivir entre dos culturas: la judía y romana. Manejaba el griego, era ciudadano del imperio, entendía las tradiciones y religiones romanas y sabías las tensiones de vivir entre dos mundos. Él concebía su mundo desde la cosmovisión hebrea, y la historia de Israel era su referente narrativo. Fue enseñado en Jerusalén bajo el maestro Gamaliel, era de la secta de los fariseos y su esperanza estaba en la restauración y resurrección futura de Israel, para la reivindicación del pueblo. Por lo que nos describe Lucas y el mismo Pablo, fue un hombre brillante, maestro judío reconocido, que tenía voto en el Sanedrín, convencido de sus convicciones, determinado, inteligente, persistente y dedicado. Fue perseguidor de los cristianos, hasta que Jesús se le apareció en el camino.

Su experiencia con Jesús fue una de resurrección, de recibir vida. La Ley de Dios (Torah) que gobernaba su vida no tendría mayor valor que la de Jesús, experimentada por medio de su Espíritu. Las promesas de Dios hallaron cumplimiento en Jesús,  y todo se eclipsó ante esta realidad. Desde ese momento su vida no fue la misma. Pero todo lo que era sirvió para su nuevo propósito de comunicar las buenas noticias de Dios al mundo. Pablo no pasó de ser un líder religioso judío a un líder de la naciente comunidad cristiana solamente, porque no fue solo un cambio de bando. Su esquema de valores fue trastocado por la experiencia con el Dios crucificado y resucitado. Las implicaciones de vivir coherentemente le llevaron a una vida de “locura” ante los ojos del Imperio y de su anterior grupo religioso.

Sus cartas son fascinantes. Pablo no está dialogando con las filosofías griegas o las enseñanzas de los grandes maestros, Pablo responde a las creencias comunes que se reflejan en acciones cotidianas. En cada momento sus enseñanzas desafían las prácticas y conceptos del mundo de entonces. Tal vez sea difícil para nosotros comprenderlo, pero los valores y paradigmas a través de los cuales Pablo enseña, eran bastante ajenos a la cultura romana. La idea de dignidad para todos los seremos humanos y de la igualdad en Cristo es algo nuevo, la manera de relacionamiento con amor, honor y respeto por el cuerpo y de cuidado y entrega por los amigos y hermanos no tiene paralelo. Pablo no esconde su sufrimiento, dolor y lucha. Renuncia a la búsqueda de status, pues esto sería una afrenta para el Dios crucificado que conoció en su camino a Damasco. Él mismo ahora, en su vida, se asemeja a Jesús en su entrega y sufrimiento para que otros conozcan y vean en él las buenas noticias de las redención/restauración cósmico en Cristo.

Pablo me parece muy interesante y digno de imitar, en la medida que refleja a Jesús. Trabajó con hombres y mujeres de diferentes edades, clases y etnicidades. Viajó incansablemente, entregó la vida y su salud por el reino, reconoció su necesidad de otros, puso su vida en riesgo por un esclavo, pidió que las mujeres fueran tratadas con dignidad y respeto y les reconoció su autoridad, sufrió por causa de la traición de amigos, pero amó sin miedo. Tenía sus ojos en Jesús, y conocía tanto de él que estuvo dispuesto a pasar cárceles, naufragios, hambres, fríos y golpes. ¡Estaba loco! Pero al igual que Jesús no estimó su vida más que la de otros y se entregó por amor sus hermanos y hermanas.

Si leemos las cartas con esta mirada, nos dicen mucho más de la humanidad de Jesús, la de Pablo y de la nuestra, y creo que mucho menos de teología sistémica e ideología religiosa. Esto no quiere decir que no escribiera cosas profundas y complejas, provenientes de un hombre inteligente y perspicaz, pero no escribió para dejarnos un cuerpo de doctrinas, si no para responder a necesidades y problemas donde el Evangelio necesitaba insertarse. Respondió desafiando, animando y confrontando con el mensaje y la vida de Jesús, luchando contra las falsas enseñanzas que negaban algo de la divinidad, superioridad o suficiencia de Cristo o de la humanidad, entrega y sufrimiento humano de Cristo. Su vida me desafía. Su vida no me deja conformarme, y no me permite pasar la vida “entendiendo” conceptos que no se encarnen en mí. Creo que es el Espíritu del que tanto hablaba Pablo que no me permite andar como antes y me invita a la locura de la cruz…  

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