19 febrero, 2014

Reflexiones del Camino

Este año se proyecta para estar lleno de cosas nuevas, muchos desafíos, viajes, ausencias, encuentros, estudio y universidades. Hay nuevos planes, otros que se concretan y en medio de todo me siento muy pequeña y vulnerable. Justo la semana pasada fuimos sorprendidos con la muerte de seres amados y esto no hace más que acentuar mi/nuestra fragilidad. No puedo cambiar lo que ya pasó, pero si puedo dejar que Dios siga transformándome con su amor. Las experiencias difíciles o dolorosas tienen la bondad de llevarnos a lugares más profundos de nuestro ser y a poner sobre la balanza nuestros valores y la manera que estamos viviendo.  

En los últimos meses estoy más consciente de mis debilidades, flaquezas y quebranto como ser humana. No logro repararme a mí misma. En ocasiones ni siquiera discierno bien la raíz mis reacciones y emociones. La lucha es constante y aun cuando logro ignorar la inseguridad o el dolor; la presión o el cansancio sacan lo que hay dentro. Mi horizonte parece muy desalentador… Por eso, en medio de todo el disfrute y el dolor de la vida, vale reconocer que ESO no lo es todo. Ahora me explico:
  • La vida, hay que aprender a vivirla. La búsqueda de esto tiene que ver con reconocer a Dios en el centro y vivir bajo sus ideas y diseño. Necesitamos sabiduría para la vida cotidiana y no la que se memoriza o aprende con solo escuchar; es la que obliga a mirarnos con honestidad y reconocer avances y carencias.   Por ejemplo: 
    • ¿cómo comienzo mi día? 
    • ¿Cómo reacciono a la molestia de mi pareja?  
    • ¿Qué hago con mi enojo? 
    • ¿Perdono o guardo rencor?  
    • ¿Vale la pena renunciar a sueños buenos por otros mejores que requieren más fe? 
    • ¿Me quedo cómoda o me arriesgo a ganar, crecer, amar y sufrir? 
    • ¿Sigo los patrones destructivos que aprendí o los remplazo por otros que llevan vida a quienes me rodean?
  • La vida, hay que pensarla.
    •  ¿Vivimos para ser recordados o para dejar un legado eterno?* 
    • ¿Quién definirá nuestro valor e imagen propia? 
    • ¿Qué haré ante mis dolores profundos?
    • ¿Me arrodillaré ante los dioses de las riquezas cuando haya escasez? 
    • ¿En quienes o qué cosas invertiré mis fuerzas y gastaré mis energías?
    • ¿Qué guiará mis decisiones futuras? 
    • ¿Cómo enfrentaré las pérdidas y el fracaso?

Me doy cuenta que ante estas preguntas sé bien dar respuestas verbales correctas, pero la prueba viene en la experiencia del día a día. Y ya no quiero intentar dar buenas respuestas, porque es muy cansado. Sigo descubriendo que los cambios profundos son internos y no pueden autogenerarse. Necesitan de un amor grande, de una realidad superior a la mía y al mismo tiempo que entienda lo nuestro. Necesito ir con mis respuestas incorrectas ante Dios, con mis dolores y fracasos a la Cruz y abrir mi corazón a Su amor. Ese amor que busca, encuentra, recibe, se alegra y lo entrega todo.


*Frase prestada de Sheyla Ramos, amiga, mentora y misionera.

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