29 mayo, 2014

Sufrir no es el problema...

Desde hace 2 semanas estoy tratando de escribir sobre el lamento, los salmos de lamentación y el sufrimiento. No tengo altas pretensiones, estoy intentando escribir sobre algo que voy comprendiendo e integrando poco a poco a mi comprensión sobre la vida. Desde pequeña me hice preguntas y el ser seguidora de Jesús no las desapareció, al contrario, muchas cuestiones están más vivas y tienen más relevancia a la luz del Dios en quien creo y al Jesús a quien sigo. Les dejo algunas de mis reflexiones inacabadas y de mis esfuerzos por pensar la fe, integrándola a la vida…

El lugar del lamento en la vida y en la misión, para una espiritualidad auténtica


 ¿Por qué tantos creen que los cristianos somos irrelevantes o que no tenemos nada que decirle al mundo y su dolor? ¿Por qué algunos adentro de las iglesias viven una religión desconectada de la vida cotidiana? ¿Por qué hay tabús tocante a los temas que muestran nuestras fallas, quebranto y dudas más profundas? Creo que las razones son muchas, pero parto desde éstas y otras preguntas no articuladas para compartir lo que voy logrando “integrar” en estos días.

Recuerdo que a los 19 años tuve la desafortunada experiencia del robo de 2 automóviles en el mismo mes. Uno había sido un regalo y otro más, papá y yo lo compramos rápidamente (en pagos) para reemplazar el que robaron, pero justo a la semana también se nos fue quitado. Lo más rescatable de toda esa historia fue darme cuenta que había algo de mi teología (entiéndase, de mi forma de comprender a Dios) que no me alcanzaba para explicar este tipo de experiencias. Podría tener alguna respuesta simplista, pero no, realmente no quise ignorar mis preguntas ni mis quejas, ni conformarme/resignarme. Quería comprender cómo Dios estaba en medio de todo eso, por qué pasan injustas, cuál es la mejor forma de responder, cuál es mi papel, etc, etc.

Por supuesto que este incidente a mis 19 años no ha sido el más difícil ni doloroso en mí vida, pero ejemplifica lo que quiero compartir. Me parece que cuando no somos auténticos en nuestra fe, y evadimos las preguntas difíciles, los dolores que pesan y todo aquello que no “encaja” en nuestra teología, entonces creamos un dios a nuestra imagen y una religión a nuestro antojo. No me sorprende entonces, que algunos, al encontrarse con nuestros dioses “cristianoides”, les resulte más atractivo hacer su propio Jesús, mientras que otros nos miran confundidos sin saber qué hacer con tanto dolor, dudas y quejas para las cuales la iglesia no parece ser el mejor lugar para llevarlas. 

PERO (me encantan los peros), en contraste con nuestras tendencias a huir del dolor, en las Escrituras hay espacio para el lamento, muuucho espacio. Inclusive, como bien decía un profesor, pareciera que si no nos quejamos y lamentamos, asumimos la idea de un dios indiferente e incluso una perspectiva fatalista, que tampoco es una perspectiva bíblica. El lamento puede/debe ser nuestra respuesta ante la doble realidad de un Dios bueno y una vida compleja y en ocasiones muy difícil.  

La realidad es que muchas veces encontramos “huecos” entre nuestra experiencia y nuestra teología. Hay cosas que no podemos explicar. En el mundo y en mi propia vida, reconozco que hay “misterios”, algunos dolorosos, los cuales no puedo asir y resolver. Quisiera, lo he intentado, pero Dios no me da fórmulas para resolverlos, solo afirma su presencia. Pero si no damos espacio para que la gente venga como está y abrace su dolor, entonces seguir a Jesús se vuelve un escape de las cosas “malas” del mundo. Es ahí donde perdemos mucho de lo que significa ser humano, vivir y habitar el lugar donde Dios nos ha puesto, y donde él mismo habitó y se encarnó, sufrió, se lamentó y nos enseñó que el camino a la vida pasa por el sufrimiento.

Los salmos de lamentación y el mismo libro de Lamentaciones (que están en la Biblia) nos ayudan a “negociar el problema”- en palabras de Ian Provan- y sirven como un testigos renuentes contra nuestra teología, lo cual no nos deja escapar, ignorar o ser indiferentes. Nos obligan a profundizar, a habitar en el dolor… pero no es fácil. Reconozco que mi perspectiva de la vida ha sido negativamente afectada por el “American way of life”, pero ese camino es muy diferente al Evangelio y al camino de la vida plena que Dios ofrece. Me recuerdo, les invito, nos exhorto a una espiritualidad cristiana, que abraza el todo de la vida, que no reprime emociones, que aprende a navegar en las complejidades, que se lamenta, duda, que lo hace en comunidad, que reconoce que Dios reina ya, pero todavía no de manera plena. Que hay misterios, que no necesitamos respuestas a todo, ni soluciones rápidas, y que la vida incluye el dolor y Dios lo usa, aun cuando él no sea el autor del mismo.

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