03 octubre, 2008

Incertidumbre

En un mundo como el nuestro, donde diariamente amanecemos con la noticia de desastre, dolor y desesperanza, la incertidumbre es común. Nos afecta sin darnos cuenta, es parte de la misma condición de ser-humano, nos embarga por momentos y no respeta las convicciones más profundas del hombre ni las cosas que parecen más firmes o decididas. Mis contemporáneos dudan las mismas cosas que nuestros antepasados, seguimos haciendo las mismas preguntas y buscando las mismas respuestas, en lugares diferentes y con medios distintos, pero las preguntas son tan antiguas como el hombre.

¿Cómo vivir la incertidumbre sin que te detenga o paralice? ¿Cómo vivirla conscientemente para que no decida por ti o no te deje decidir? ¿Cómo hacerla acompañante del camino sabiendo que ésta como tal nunca desaparecerá? Si algo podemos estar seguros es que no sabemos de qué manera se desarrollará nuestra vida, aún cuando algunos sepamos la razón detrás de la Historia y el final de la misma, no tenemos aún los episodios completos, los vamos construyendo. La incertidumbre va desde las interrogantes mayores sobre el devenir de la historia en un escenario de fatalidad como el de nuestro mundo contemporáneo, hasta las preguntas más íntimas, profundas y sencillas del hombre y la mujer que no saben que pasará al día siguiente y sobre qué cosas podrán construir.

Mi incertidumbre no es tan diferente que la que el mundo padece, me pregunto las mismas cosas, dudo muchas veces las mismas cosas, aún cuando sé el devenir de la Historia humana y aún cuando creo en la esperanza del momento. Mi incertidumbre la vivo en tensión, una tensión entre lo que veo y lo que estoy convencida que sucederá, esa tensión que ve que está sucediendo lo que muchas veces se ha hablado y una vez se encarnó.

Tal vez puedo hablar mejor de la fe, de la certeza de saber que algo bueno sucederá, no solo porque alguien lo ha dicho, sino porque Aquel que ha hablado es solo digno de la más profunda confianza. No está depositada en la palabra solamente, está depositada en la persona, quien ha sido digno de confianza. La pregunta se convierte en cómo saberlo digno, cuando hemos sido víctimas de innumerables fracasos y desilusiones, de muchas promesas no cumplidas y de traiciones a nuestra confianza que con el tiempo nos han ido marcando.

Padre, yo estoy en este caminar, he sido desilusionada por mí misma, por gente amada y por muchos que no he conocido ni me han desconocido. Tus hijos somos gente marcada, marcado por su propia historia y que vienen a ti, y caminan junto a ti con ella a un lado, que aprenden poco a poco que el Dios a quien se dirigen no es sordo, no es indiferente y que incluso tiene un plan pensando para la vida y la humanidad. Un Dios que no es mezquino, que se entrega, que llora, sueña y anhela y que pone en sus hijos su mismo corazón. Pero sus hijos siguen siendo imperfectos, siguen fallando, desilusionando y siendo desilusionados. ¿qué hacer con tanto? ¿Cómo lidiar con tanto dolor y tantas preguntas? ¡Conociéndote!

Resuena en la Historia que el conocerte es vivir. Y mi clamor hoy es: ¡quiero conocerte! Quiero amarte ante todo y quiero caminar con otros que anhelen lo mismo. Gracias por que hoy por hoy me invitas a confiar aún cuando mi corazón está temeroso y tú lo conoces, porque me afirmas en que tienes lo mejor para mí, y confió en esperanza contra esperanza, confío en el Dios que se ha encarnado, en ti confío, en el Dios que hoy vive en mí y que no ha dejado de hablar, que sigue rompiendo los silencios y que se complace en acompañar a sus hijos, que los conduce, que los guía y los une en caminos de sorpresa, invitándolos a que confíen. Queremos confiar, ayúdanos a hacerlo en este proceso Señor…

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