17 enero, 2009

Tratando de ver mejor...

Advertencia: las ideas de este "escrito" no están organizadas... si continúas leyendo hazlo con paciencia.

El ser humano puede ser tan bueno como puede ser malo y creo que esas categorías si tienen referentes universales, aún cuando en su definición nos combatimos por algunos de sus significados. Si bien Occidente ha impuesto sus valores culturales en algunas partes del mundo, algunos seguimos preservando algo de lo que fuimos, acomodándolo a lo que hoy somos y siempre estamos en transformación. Pero hay cosas que no han cambiado, las atrocidades de las que somos capaces y el sentir de ira, dolor y envidia son muy reales y no se detienen ante las barreras nacionales o culturales, así como tampoco las ganas de ser felices, de sobrevivir, de dejar un legado y de amar nos son extrañas. Aunque en nuestra cultura algunos aspectos se acentúan con la construcción del “hombre moderno”, las necesidades son las mismas, pues las construcciones pueden ser ideales y buenas, pero muchas veces son falsas, con ilusiones que niegan realidades internas.

No es fácil asumir la falta de inocencia, asumir que somos culpables de odiar a veces o simplemente de reconocer que hemos hecho lo malo. Ya no importa como nos refiramos a eso “incorrecto”, si utilizamos terminología religiosa o psicológica, el hecho es que no nos podemos eximir a nosotros mismo de la culpa, porque si lo hacemos, entonces negamos la justicia.
No es popular hablar de valores universales y en ocasiones la reticencia para hacerlo es justificada. Cuando naciones luchan por la democracia en tierras ajenas y lo hacen para liberar oprimidos por voluntad de unos pocos fuertes e intereses mezquinos, entonces se vale poner en duda esa lucha. Y también cuando somos testimonios vivos de una historia de despojo a la mitad indígena de la cual nos constituimos como mestizos, donde con banderas de verdad se devaluaron seres humanos, destruyeron comunidades y produjo dolor aún no superada. Está bien que cuestionemos, pero en medio de nuestras diferencias y del pluralismo que hoy persiste, hay puntos comunes, que se leen diferente, pronuncian raro y se perciben casi de “otro mundo”, pero cuando miramos detenidamente, el “otro” se hace más cercano, en la comprensión (capacidad poco explotado para aprender a amar) nos podemos reconocer. Las experiencias pueden ser abismalmente diferentes, pero algo de adentro nos hace parecidos. Algo nos hace gritar que somos humanos, aunque seamos nosotros mismos quienes hayamos construido su definición.

La religión se erige como posibilidad de encuentro o desencuentro, de definición de lo humano y lo divino. Y ante su profetizada desaparición regresa con mayor fuerza pero reconfigurada, con nuevos rostros, pero los hombres que se mueven en su plano no han cambiado sus corazones: el paso de los años en la historia no han transformado al hombre en esencia. Esto me interesa, porque después de leer, ver que no vale la pena de defender instituciones per se y conversar en donde se reúnen la comunidad de los desilusionados, todos queremos luchar porque creemos que algunas cosas aún valen la pena. Admiro a los que desde dentro o fuera de las instituciones religiosas se detienen a ver realidades, asumirlas y enfrentarlas. A los que enseñan que la debilidad del mundo se convierte en fortaleza por reconocimiento de las vulnerabilidades. Porque en esos planos de diálogo, el mundo se convierte en caos, las preguntas parecen agujas que penetran lentamente, pero las respuesta tampoco pueden ser superficiales ni mucho menos simplistas. Y estas líneas de conversación más profunda no se limita a ciertos círculos de intelectualidad, porque ante el dolor y el no querer negarlo todos nos hacemos las mismas preguntas. El pobre, el rico, el religioso y el ateo, el universitario y el analfabeta se preguntará en algún momento sí hay “cosas”, “causas” o lo que sea que pueda saciar. Algunos se impresionan más fácilmente, pero al final la desilusión llega si miramos sensiblemente.

Tal vez por eso, aun como cristiana, estoy insatisfecha. Por que se que ese título, del cual ampliamente hemos abusado, no nos hace especiales en comparación a nadie ni tampoco nos exime de vivir la realidad del mundo o de tener que enfrentarla. Mi insatisfacción no se dirige a Dios, porque en la medida en que lo conozco, lo conozco realmente, no con las imágenes o falsificaciones que han hecho de su ser. Y Dios no está velado para el mundo ni para la iglesia, ni tampoco ha otorgado monopolios de revelación a nadie. Al contrario, denunció a los hipócritas, los sectarios, los orgullosos al mismo tiempo que los amó a ellos y a los que ellos mismos engañaban. No eliminó la culpa de nadie, pero pagó por la de todos.

Podría seguir escribiendo, pero así como este escrito se queda inconcluso, mis ideas aún no se organizan para concluir. Tal vez nunca concluya, las pocas conclusiones a las que he llegado han sido buenas y no han dependido de mi, pero por mientras, reflexiono en sus implicaciones y demás posibilidades. Las ideas que aquí vertí no son sólo mías, las he escuchado de boca de amigos, profesores, libros y demás, no obstante me hago responsable de las ambigüedades y de los términos utilizados muy a la “ligera.

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