01 mayo, 2013

Bienaventurados los pacificadores...

La paz no es el producto del terror ni del miedo.
La paz no es el silencio de los cementerios. 
La paz no es el producto de una violencia y una represión que calla. 
La paz es la aportación generosa, tranquila, de todos para el bien de todos. 
La paz es dinamismo. 
La paz es generosidad.
Es un derecho y un deber. 

      
-- Monseñor Oscar Romero (1917-1980)

Hace ya varios días nos enteremos en México de varios sucesos trágicos en Estados Unidos. Fue desafortunado ver expresiones de odio donde gente muere y sufre, y también la negligencia de una fábrica al no atender los avisos de precaución teniendo consecuencias fatales. En medio de todo esto, y por vivir en frontera,  los medios de comunicación dejaron sentir que las cosas “andaban muy mal”. No obstante, creo que la situación es preocupante no solo por esto sino por muchas otras evidencias de maldad conocidas en esos mismos días: un bombardeo en Iraq, la continuidad de una guerra civil en Siria, un edificio caído en Bangladesh, secuestros, extorsiones y asesinatos en México, solo por mencionar algunas. Los medios de comunicación pueden hacernos sentir el dolor de unos más que de otros, pero son muchos los que están sufriendo.

















Sin embargo, los sucesos en los Estados Unidos me invitaron a indagar más en el escenario mundial y reconocer que la violencia es parte de la realidad cotidiana de casi todos. Ya sea por guerras, violaciones flagrantes a los derechos humanos, hambre, indiferencia, gobiernos represores o el crimen organizado, nuestras ciudades están llenas de odio. Entonces, no pude evitar la pregunta:  ¿Qué significa ser pacificadores ante nuestro contexto mundial?


No creo que haya respuesta sencilla. La Biblia nos provee una explicación de nuestra condición, que contiene malas y buenas noticias. Por un lado un mundo alejado de Dios con consecuencias nefastas para el ser humano y todo lo creado, y por otro, la oportunidad de una restauración de todas las cosas a través de Jesucristo. Pero esta restauración aún no es total, vivimos en la espera activa de la consumación del Reino de Dios. Mientras tanto, el mal sigue existiendo y la Biblia apunta a una raíz, como la idolatría al dinero. ¿Qué significa ser pacificadores entonces?


Sugiero que comienza en reconocer nuestro egoísmo y avaricia aún cuando caminamos con Jesús. Implica explorar primero la realidad en nuestros corazones que niega al prójimo lo que quiera para sí mismo. Jesús enseñó esto a sus discípulos, hablando de la imposibilidad de amar a Dios y al dinero. No se puede vivir ambicionando riquezas y el reino de Dios al mismo tiempo. Santiago, en su carta a las iglesias, también denunció con avidez la codicia de las comunidades cristianas. Una evidencia de esta idolatría era la exclusión de los que menos tienen y de los “menos” importantes. Cuando estimamos más el dinero, inconscientemente otorgamos valor monetario a todo y el ser humano pierde su dignidad intrínseca.


Y, ¿qué tiene que ver todo esto con el mal de nuestro mundo? En que nosotros sí tenemos los medios para contrarrestarlo. La paz es un valor del Reino, la carta de Santiago habla de la paz como proveniente de Dios mismo y la sabiduría que otorga, dando como fruto la justicia. Somos invitados a buscarla. La paz no es pasiva, invita a la reflexión, la obediencia, la humildad y la acción en amor por quienes están en necesidad. 

Ser pacificadores tal vez signifique preocuparnos por los ignorados en los medios de comunicación  y ser prójimo de los que sufren. O renunciar a la ambición personal, la codicia, la arrogancia y el egoísmo. Hasta denunciar las motivaciones escondidas de los gobiernos e instituciones por enriquecerse a costa de la salud y el bienestar de las personas.   Es aquí donde me parece que todo converge, porque si amamos más al dinero, entonces nuestro principal interés estará en conseguirlo y no en servir a nuestro prójimo afectado por la codicia de otros, ni en denunciar que mucha de la maldad de nuestro mundo tiene como causa la ambición por tener y “ser” más. 

6 comentarios:

  1. Interesante bajar del mundo en general a nosotros. Tambien la relacion que has hecho con avaricia y dinero. Por que?

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  2. Gracias Ale, por desafiarnos desde La Palabra, para ser sal y luz de Jesús en medio de éste mundo tan herido.
    M.

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  3. Edith, creo que sigo meditando mucho en el tema. Tengo la hipótesis de que mucha (casi toda) la maldad que vemos en el mundo está relacionada con la avaricia, y que si vamos desenmascarando cada caso, hay una situación de ambición, de idolatría al dinero, de negar la dignidad humana, etc.
    Sé que es el pecado (entendiéndolo en parte como egoísmo) y creo que el amor por el dinero es probablemente la expresión más clara y común. Por supuesto que creo que hay otras cosas que se conjugan, pero no puedo dejar de pensar en el énfasis que hace Jesús, Pablo y Santiago en relación al dinero y advertirnos de no poner nuestro corazón en las riquezas... Es un tema bastante común en las Escrituras, por algo será...
    Gracias por comentar!

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  4. Gracias Ale, el desafío es doble, dolerse con los que se duelen y pensar cómo la Palabra nos invita a vivir la vida de Jesús en esos contextos.
    También buscar la forma de reconocer los tentaculos de estos grandes problemas en nuestros contextos inmediatos, cómo nosotros somos enredados en esas cadenas de muerte y cómo nos invita Jesús a vivir en medio de eso mostrando su luz y siendo una comunidad que de alternativas a la luz de los valores del Reino.

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  5. Estaba pensando en lo que hay detrás de la avaricia... Que piensas?

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  6. Creo que detrás de la avaricia está en el engaño mismo de las riquezas, eso que nos hace pensar que tenemos el control, que podemos decidir sobre nuestros destinos y es finalmente egoísmos al buscar servir intereses individuales y no los del Reino.

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