15 junio, 2013

La misión de Dios (Reflexiones desde Hechos)

Esta semana estudiamos el segundo tomo escrito por Lucas, el libro que trata sobre la historia de los primeros cristianos durante el siglo I. Fue lindo estudiarlo con una comunidad latinoamericana de colegas llamados a la obra universitaria, abrir la Biblia con sencillez, orar y pedir que el Señor hablé hoy como lo ha hecho en toda la historia. Él ha hablado a mi vida y corazón y les quiero compartir. Gracias a Carlucci Dos Santos que nos guío y acompañó en este tiempo. Mis reflexiones pueden ser eco de las reflexiones de otros y el resultado de socializar las ideas con este lindo grupo.



     Comenzamos reconociendo que la misión de Dios es su iniciativa y solo es posible por la presencia de su Espíritu Santo que mora en los y las que seguimos a Jesús. Somos testigos de Jesucristo, a partir de las enseñanzas apostólicas que nos enseña la Biblia y perseveramos en ellas. Nos constituimos en una comunidad que no está contenida en paredes, sino que en todo el mundo pide y trabaja para el advenimiento del Reino de Dios. Somos también una comunidad dependiente del Espíritu Santo quien actúa e interviene en la historia, para traer luz y verdad al mundo, para que veamos y reconozcamos a Jesús como Salvador y Rey justo.

     La presencia de Dios mismo a través de su Espíritu Santo, y comunicándose por medio de la Palabra desafía completamente los valores que nos definen en este mundo. Fuimos retados con la realidad de una Iglesia que debe aprender humildemente de la vida de Jesús, de extender gracia y buenas noticias a todos y que no tiene el derecho de limitar a nadie la posibilidad de ser parte de la comunidad de Dios, pues es un privilegio dado a aquellos que le creen, siguen y obedecen. Es triste reconocer que seguimos erigiendo barreras, limitando y menospreciando  a mujeres, niños, adolescentes, los pobres y las minorías étnicas en nuestras comunidades. Seguimos juzgando a partir de nuestras conceptualizaciones occidentales, nuestras tradiciones religiosas y esquemas culturales. ¡Qué peligro es estorbar la participación plena de estas personas, creadas a imagen de Dios y en quienes mora el Espíritu de Dios! ¡Qué triste que los mensajes que oímos desde los púlpitos son fabricaciones con puro contenido ético y moral, careciendo de la centralidad de Jesús mismo, el que vivió entre nosotros, murió, resucitó, reina y regresará!

     Fui confrontada directamente con mis propios prejuicios y críticas carentes de amor. Muchas veces estoy ciega ante el mover de Dios en los contextos “inusuales”, no le puedo percibir en las congregaciones donde se abusa del poder o del emocionalismo, juzgo con rigidez a los hombres machistas y sigo creyendo que mi perspectiva limitada es la mejor regla para juzgar al mundo. ¡Ocupé arrepentirme y necesito hacerlo constantemente! ¡Qué fácil es reconocer los errores de los otros y no ver la propia viga de mi ojo! Hoy, de la misma manera como lo necesitaron los discípulos del siglo I para reconocer que Dios no hace favoritismos, necesitamos que Dios abra nuestros ojos para ver a otros con amor. Y por ese mismo amor ser una voz profética que abra caminos de reconciliación, invite al arrepentimiento y ayude a sanar las heridas abiertas de nuestro mundo y continente. Oro y anhelo ser parte de una generación que anuncie con valentía el Reino de Dios, que predique las buenas noticias de Jesús y que viva íntegramente, que deje de lado los prejuicios y que ayude a la Iglesia a reconocer que ante la Cruz, todos somos iguales y a todos se nos ha dado dones para servirnos unos a otros en sometimiento mutuo.


     Dios también me recordó mi llamado a la Universidad, del cual no puedo huir y pido que el Señor me mantenga fiel. He pasado por momentos de profunda emoción, otros de temor, y algunos de evasión ante la realidad de “ese” campo misionero olvidado de la universidad y la academia. Al mismo tiempo reconozco que esto no gira alrededor mío, ni empieza, ni termina conmigo,  todo tiene que ver con Él y su obra. La universidad y la academia están plagadas de ídolos, dioses y de un sistema contrario a la Vida; la Universidad se ha apartado de Dios y de su vocación de servir y responde más al egoísmo humano, la arrogancia, el orgullo y el materialismo. Está desviada. Allí  hombres y mujeres son llamados a ser lumbreras y  arder para que otros vean la Luz. Pero como bien dijo Carlucci, en un mundo de dioses falsos no vamos a vencer estas potestades con fusiles ni cañones, tenemos el Evangelio de Jesucristo que puede dar vida, esperanza y consuela a aquel que con humildad y expectativa lo reciba. Serviremos desde el amor, la compasión, la sensibilidad, la verdad sostenida con humildad y la palabra profética que confronta. Así sea. 

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