26 septiembre, 2016

Pensando la vida desde acá...

Llegamos a Vancouver hace poco más de un mes. No ha sido fácil porque los cambios nunca lo son, hay un proceso de adaptación que aún estamos viviendo y poco a poco nos vamos dando cuenta de dónde estamos…

Todo acá es extraño, somos extranjeros y una minoría en una ciudad multicultural. Desde que recuerdo he vivido entre dos culturas muy diferentes y en una ciudad limítrofe con una identidad única, Tijuana. Desde pequeña he entendido y vivido en carne propia el asunto de las nacionalidades, la diferente etnicidad, el cambio inconsciente de lengua para darme a entender y la desigualdad tan marcada entre México y Estados Unidos. Esa ha sido mi casa, nuestra casa. Acá en Canadá, lo que nos daba identidad no está presente, ni el trabajo que hacíamos, ni la ciudad a la que pertenecemos, ni la gente que amamos. Al presentarme con otros puedo decir mi nombre, mi área de estudio de la maestría y el trabajo que hacía en México, pero eso no significa mucho, y tampoco es lo que me define, porque faltan las historias, las personas, los lugares y la sobremesa donde pasamos horas conversando.

Disfruto Canadá y el ir aprendiendo de cómo se vive en un ambiente tan diverso culturalmente. Honestamente, de pronto me siento perdida, pero creo que es necesario. Es en medio de la confusión, las preguntas y la vulnerabilidad que uno se abre a Dios y a otros. Mi historia con Dios, o más bien, la historia de Dios en mi vida es la que me ha traído hasta aquí. No hay otra razón, ha sido su gracia. Hay algo bonito y raro de los sueños de la adolescencia, cuando estos se vuelven una realidad. Desde que conocí a Cristo quería estudiar teología, porque quería conocer mejor a Dios, quería adorarle también con mi mente y que todo lo que soy estuviera impregnado en su verdad. Todo lo que sabía de mi lo entregué para servir a Dios y por eso seguí en la obra estudiantil al terminar la Universidad. Mi vida fue diferente desde el momento en que empecé a caminar con Dios y al estar en la Universidad soñé con la oportunidad de estudiar en Regent, de seguir conectando la fe con los asuntos del mundo, conocer mejor las Escrituras y vivir una espiritualidad profunda en lo cotidiano. Ahora estamos acá, con Abdiel, mi esposo y mejor amigo, quien es el mejor compañero de vida y un regalo de Dios, haciendo todo eso y dándome cuenta que algunos sueños en el caminar con Dios son muchas veces las oportunidades para la fe, donde Dios mismo acompaña, moldea, refina y sostiene.


Dios en este tiempo nos regala la oportunidad de ser solo suyos, de encontrarnos en él, de una pausa que también puede ser un nuevo comienzo. Llegué cansada, pero conforme el descanso y el estrés se han ido levantando, las preguntas, las inquietudes y más preguntas empiezan a resurgir. Son de esas preguntas que ayudan a caminar la vida, que tienen la gracia de dirigirnos e incomodarnos y cuestionarnos cosas esenciales. ¿Quién soy? ¿Cuáles son en verdad mis dones? ¿Qué disfruto? ¿Qué necesito? ¿Por qué teología en Norteamérica? ¿Qué significa el llamado a ser puente? ¿A dónde vamos con todo esto? ¿qué estas formando en nosotros como pareja? ¿qué cosas necesitamos platicar y en cuales necesitamos aventurarnos juntos?...y cientos más… 

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