27 junio, 2010

Entre escuchar, el festejo y el discipulado.

Acabo de regresar de una buena caminata. Esta vez lo que la hizo buena no fue el ejercicio, sino la plática. Fui con una amigo mío, estudiante, con quien tengo el privilegio de andar el Camino. Escuché su historia de conversión, sus preguntas, inquietudes, pero también pude compartir mis propias preguntas, dudas, certidumbres y pareceres. Ayer fue similar, en la noche, después de un largo día de mucho "relax" en la playa y de dejar listos los últimos detalles del próximo campamento de Formación, recibí en casa a otra estudiante, amiga. Estos momentos, junto con algunas charlas telefónicas, la lectura de otros blogs y conversaciones significativas me han dejado agenda.

"¿Por qué cuándo alguien externa sus dudas o inquietudes que cuestionan lo "establecido" tenemos que pensar que algo anda mal con esa persona?" "¡No estoy de acuerdo con que haya tanto "líder" en la iglesia, sino se entiende al liderazgo como servicio y se ve más allá de las 4 paredes!" "Entiendo que los líderes de nuestras iglesias son autoridades, pero mi principal fidelidad es a Cristo y su Palabra." "¿Cómo intepreto algunos pasajes del AT, sobretodo el Pentateuco, es más literal o simbólico...?" "¡No termino de entender la gracia!" "¿Por qué la gente cambia tanto cuándo tiene poder?" "Me hice ateo a las 10 años, pero después me di cuenta que necesitaba lo que siempre había estado escuchando, a Dios." "Ale, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo que otros vean que no somos perfectos?" "Me doy cuenta que la estoy regando..." (...)

Estas frases o preguntas no son mías, las escuché y las parafreseo para ponerlas aquí. Algunas las he asumido como propias, otras las sigo pensando, y otras las he dicho antes. Lo que me parece más evidente es la necesidad que tengo de escuchar. Escuchar, pero no juzgar. Escuchar, exhortar, animar, pero no condenar. Escuchar, corregir, amar, pero no menospreciar. Y es que resulta tan fácil pensar que el otro está mal y no esforzarme por entender. Y también es más fácil hablar con aquellos que piensan igual que yo y no ser cuestionada por lo que creo y como lo vivo. Lo más sencillo es andar con los que me halagan y respetan y no "mezclarme" con los que el mundo ve como escoria y sin dignidad.

¡No sé cuánto del Espírtu del Maestro hemos perdido! Me asusta pensar que nos acomodamos igual que los fariseos de la época de Jesús, que preferimos que nadie cambie nuestros modelos o que nadie se meta con nuestras formas de hacer religión; ¡ese Nazareno con sus denuncias resulta muy incómodo! Esos que andan por ahí diciéndonos que nos creemos mucho y que los miramos con desprecio mejor no los invitamos a nuestras reuniones, ¡también son muy incómodos! Nos parecemos al hermano del hijo pródigo, de quien Jesús relata en una de sus parábolas.

El domingo pasado compartí en la iglesia sobre esta historia... Finalmente, el hermano mayor no puede alegrarse ante el regreso de su hermano porque él mismo no había entendido el amor del Padre. No había disfrutado del estar en casa, ni sabia lo que eso significaba. Para él, la forma en que su padre recibe al hijo, es injusta, porque no la merece. Pero el padre se alegra, hace fiesta, pero también sale por el mayor, lo invita a entrar, a alegrarse junto con él, a hacer fiesta. Jesús no da desenlace a la parábola, la deja abierta, como invitación... Es también una invitación para nosotros, hoy.

¿A dónde voy con esto? Finalmente (o más bien, reflexivamente), como cristianos y cristianas, el seguir a Jesús tiene que ver mas con alegrarnos ante el amor y la gracia del Padre, con escuchar a otros que caminan a nuestro lado, con dejar que la Palabra defina nuestros conceptos, con dejar al Evangelio encarnarse en nuestra cultura, con vivir la contracultura cristiana. El discipulado no puede ser creer que estamos bien y cerrarnos al mundo, no puede ser juzgar a otros y no escuchar, tampoco puede ser mi experiencia la única y auténtica expresión de vida cristiana. Debemos ser más reales, Jesús nos habló en esos términos, no vino a los sanos, sino a los que tenían necesidad de médico. No vino a llamar a justos, sino a pecadores. Por eso quiero escuchar lo que preguntas, por eso anhelo saber lo que se duda, ser vulnerable, entrarle a la fiesta, ser guíada por Él.

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